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Me llamo Pescadito y soy muy valiente.

CUENTOS DE BEATRIZ LÓPEZ PUERTAS

«PESCADITO», APRENDIZ DE VALIENTE

(Beatriz López Puertas)



En lo más profundo del mar vive una familia de besugos formada por Papá Besugo, Mamá Besugo, Benjamín y Pescadito; Benjamín es aún un bebé y apenas si sabe nadar, pero Pescadito ha cumplido ya cuatro años y empezará pronto a ir a la escuela.
- Pescadito -decía mamá besugo- la semana que viene empezarás a ir a la escuela como los demás pececitos de tu edad.
- ¡Pero si yo no necesito ir a la escuela mamá!, aprendo mucho más cuando me voy a nadar con el abuelo.
- Ya sé que aprendes muchas cosas con el abuelo, pero en la clase te enseñarán muchas más y así podrás pronto ser un pez mayor.
Pescadito no parecía estar muy convencido, pero si su mamá se lo había dicho tendría que obedecer.

El lunes siguiente, Mamá Besugo despertó a Pescadito mucho mas temprano que otros días.
- ¿Por qué me despiertas tan pronto? aún no ha salido el sol.
- Ya lo sé, pero hoy es tu primer día de escuela y tienes que ir bien arreglado para que la maestra no piense que eres un pececito descuidado. Después de vestirse, peinarse y tomar un sabroso desayuno, Pescadito se fue a la escuela.
- ¡Buenos días pequeño! -saludó la maestra- siéntate ahí junto a la Pequeña Ostra.
La clase había comenzado, Pescadito no prestaba demasiada atención y se dedicaba a hablar con su nueva amiga.
- Yo no necesito estudiar, ya sé todo lo que hay que saber sobre el mar, mi abuelo me lo ha enseñado.
- Entonces... ¿qué haces aquí? -preguntó la pequeña Ostra.
- Es que mi mamá me lo ha mandado, pero... creo que la voy a engañar y mañana en lugar de venir a la escuela iré en busca de aventuras.
- No debes hacer eso, te podrías perder.
- Yo no me pierdo, soy muy listo -dijo Pescadito.
- Y cuando la maestra pase lista y pregunte por ti, ¿qué le voy a decir?
- Tú le dices que no sabes nada.
Tal y como había dicho Pescadito, a la mañana siguiente cuando se despidió de su mamá se fue por el camino contrario al de la escuela en busca de aventuras.
Después de nadar un buen rato, el pequeño se sintió cansado y decidió hacer un alto en el camino.

- Descansaré aquí sobre esta Estrella de Mar que está dormida, espero que no le importe.
Pero la Estrella se despertó...
- ¿Qué haces aquí, acaso has pensado que soy una cama?
- Lo siento mucho señora Estrella pero pensé que como estaba dormida no le importaría.
- ¡Pues claro que me importa! ¡vamos, vete de aquí ahora mismo!

La primera parada de Pescadito no había sido muy afortunada, así que decidió intentar descansar en otro lugar.
- Espero encontrar un sitio cómodo donde descansar, tal vez encuentre un Caballito de Mar que me deje sentarme en su lomo...
Pero como el pobre pececito no encontró ningún Caballito de Mar ni ningún otro sitio apropiado para descansar decidió volver a casa.
La vuelta se le estaba haciendo demasiado larga, no recordaba haber nadado tanto, ¿se habría equivocado de camino?
- Me parece que me he perdido -se lamentaba Pescadito- eso me pasa por escaparme y desobedecer a mamá, ¿qué voy a hacer ahora?
Nuestro pequeño amiguito estaba muy asustado, no sabía volver a casa y por allí no había nadie a quien pedir ayuda. Por fin llegó al final del camino y se encontró con la entrada de una cueva.
- ¿Qué habrá en esta cueva?; tal vez sea un túnel.
Pero Pescadito estaba equivocado, no se trataba de un túnel, sino de una verdadera cueva donde habitaban los peores peces del fondo del mar.
- Esto está muy oscuro, pero no importa, no tendré miedo, seguiré nadando hasta llegar al final y encontrar la salida.

- No encontrarás la salida -dijo un enorme pez negro que pasaba por allí- nunca más podrás salir de aquí.
- ¿Quién eres? -preguntó Pescadito un tanto asustado.
- Soy un Bonito Negro, y llevo aquí ya muchos años, un día entré aquí igual que tú, y todavía no he conseguido encontrar la salida.
- Pero podemos dar la vuelta y salir por donde entramos.
- No podrás, la corriente no te deja nadar hasta la salida, una vez que has entrado ya no puedes volver atrás.
- Pero si sigues nadando llegarás a alguna parte...
- Claro que sí, pero no debes llegar nunca, te encontrarías con el palacio del Gran Tiburón.
- ¿El Gran Tiburón?
- Sí, vive ahí desde hace mucho tiempo y no permite que se acerque nadie, además a lo largo del camino hay guardianes malvados que intentarán capturarte.
- No me importa -contestó Pescadito- mi abuelo dice que soy muy valiente, y por eso no tendré miedo del Tiburón.
- Como quieras -contestó el Bonito- pero ve con mucho cuidado.
- No te preocupes Bonito, no me pasará nada, y no te marches muy lejos porque cuando encuentre la salida volveré a buscarte.
Pescadito emprendió el camino en busca de la salida convencido de que sería como jugar al escondite, pero según iba nadando, la cueva se iba haciendo más estrecha y oscura.
El pequeño empezó a sentir miedo, y decidió coger un trocito de roca de coral por si acaso necesitaba defenderse. Pasado un buen rato, Pescadito detuvo la marcha.
- ¡Uf... estoy muy cansado!, este camino es muy largo; espero llegar a casa antes de cenar para que mamá no se entere de que no he ido a la escuela.
Tan cansado estaba Pescadito que se quedo dormido, pero no le duró mucho el sueño porque fue despertado por unos ruidos muy extraños.
- ¿Será el Gran Tiburón quien hace esos ruidos...? Me esconderé por si acaso.
Pero antes de que le diera tiempo a esconderse, fue atacado por un enorme Pulpo.
- ¡Suéltame! -gritaba Pescadito- déjame seguir mi camino.
El Pulpo no hacía caso de los ruegos de Pescadito; era uno de los guardianes del Gran Tiburón y quería impedir que el pececillo siguiera adelante.
Los tentáculos del Pulpo empezaban a ahogar a Pescadito, tenía que intentar hacer algo para salvarse, ¿pero qué...? Fue entonces cuando se acordó de la piedra de coral que había cogido. La sacó de su cartera y se la metió al Pulpo en la boca. Éste, como si se hubiera tragado una aceituna, empezó a toser y al quedarse sin fuerzas soltó a Pescadito, que salió nadando a toda velocidad para esconderse entre unos matorrales de algas.
- ¡Qué susto, casi me ahoga!, menos mal que he conseguido escapar, pero de momento voy a quedarme aquí escondido hasta que se marche el Pulpo.
Pasado un ratito, el pececillo decidió salir de su escondite y continuar la marcha.
- Estoy teniendo mucha suerte, espero no volverme a encontrar con ningún guardián más.
Pero lo que no sabía nuestro amigo es que se estaba acercando al final del camino.
- Allí se ve luz, seguramente es la salida, pero de todas formas andaré con cuidado por si se trata de una trampa.
Poco a poco Pescadito se fue acercando a la luz, y se encontró con un gran trono de cristal en una inmensa sala rodeada de bellos tesoros, pero solo uno de ellos le llamó la atención. ¡Era la llave del túnel!
- Por fin encontré la salida -exclamó el joven besuguito- ya puedo salir de este horrible lugar.
El Gran Tiburón. Sin pensárselo dos veces Pescadito cogió la llave y empezó a nadar hacia la salida, pero cuando casi había llegado, apareció el Gran Tiburón.
- ¡Nunca podrás salir de aquí! - dijo el Tiburón.
- ¡Claro que sí! ¡Si he conseguido llegar hasta aquí, lograré salir!
- ¡Nadie ha podido hacerlo hasta ahora!

Pescadito estaba muy asustado, ya no se sentía tan valiente como otras veces. No sabía qué hacer, tan sólo podía intentar escapar, pero cuando lo hizo, el Gran Tiburón le atacó ferozmente hiriéndole en una de sus aletas.
Afortunadamente su amigo, el Bonito Negro, le había seguido, y al ver que el Tiburón le atacaba, se puso a luchar con él hasta que consiguió, dándole un fuerte golpe, enviarle contra unos corales en los que quedó atrapado.
- ¡Bonito negro...! -decía entre lágrimas Pescadito- me has salvado la vida, muchas gracias.
- Debí enfrentarme con él hace tiempo, pero nunca tuve valor, ahora podremos salir todos de aquí y volver a ser libres.
- Eres muy valiente Bonito, me gustaría ser como tú cuando sea mayor.
- ¡Pero si tú dices que ya eres mayor!
- Si, pero estaba equivocado; mi mamá tenía razón, debo ir a la escuela como los demás pececitos para aprender muchas cosas que todavía no sé.
Por fin Pescadito se convenció de que debía obedecer a su mamá, y como había decidido ser bueno, le contó a su madre todo lo que le había pasado cuando llegó a casa a la hora de cenar.

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