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Ulises, rey de Itaca.

LA ODISEA

(Viajes de Ulises)

Paz en Ítaca

Al amanecer Ulises reunió a Telémaco y a sus dos fieles criados para hablarles:
-¡Oídme!, hemos dado muerte a muchos nobles de Ítaca, sus familias querrán vengarse de nosotros. Tomad vuestras armas y escapemos al campo a casa de mi buen padre Laertes.
El anciano Laertes recibió con gran alegría a su hijo al que ya había dado por muerto, después de veinte años de ausencia.
Mientras tanto las gentes de Ítaca se habían reunido en asamblea en la plaza pública para enterrar a los pretendientes muertos. Eupites, padre de Antinoo, exige venganza y el pueblo se divide entre los partidarios de Ulises y los de Antinoo.
Medón, el heraldo, toma la palabra para tranquilizar a la muchedumbre:
- Ulises ha actuado en legítima defensa de sus derechos que habían sido ultrajados por todos los pretendientes. Además debéis saber que Ulises no ha podido vencer a todos por si solo, ha sido ayudado por los dioses.
A pesar de estas palabras más de la mitad de la asamblea corrió detrás de Eupites para tomar las armas. A los pocos minutos un ejército formaba en la plaza pública y Eupites se puso al frente con la esperanza de vengar la muerte de su hijo. Al ver lo que ocurría la diosa Atenea pidió consejo a Zeus, padre de los dioses, que le dijo:
- Los pretendientes ya han sido castigados, ahora debes verter los vapores del olvido sobre los padres y hermanos de los que han muerto para que renazca la antigua amistad y reine de nuevo la paz entre todos.
Con estas sabias palabras todavía resonando en su mente, Atenea descendió rápidamente desde las cumbres del Olimpo hasta la casa de Laertes en Ítaca.
Cuando vieron llegar a Eupites con sus partidarios, Laertes, Ulises, Telémaco, los fieles Eumeo y Filetios y todos los criados de Laertes empuñaron las armas y se prepararon para el inevitable combate. Justo antes de la batalla se les apareció Atenea para darles ánimos y se dirigió a Laertes diciéndole:
Atenea - Laertes, hijo de Arkesios, padre de Ulises, eleva una súplica a Zeus y, a continuación, arroja tu lanza a tus enemigos.
Al decir esto Atenea infundió al anciano nuevas fuerzas, Laertes arrojó su pesada lanza que impactó en el casco de Eupites el cual se desplomó ruidosamente sin vida.
Entonces Ulises y Telémaco se lanzaron contra los enemigos de la primera fila armados con espada y lanza y les hicieron retroceder. A todos habrían vencido, pero Atenea, para evitar una tragedia mayor, detuvo la contienda:
- ¿Para qué itacenses esta cruel batalla? ¡Dejad la lucha y regresad a vuestras casas!
Las palabras de la diosa provocaron tanto terror entre los contendientes que dejaron caer las armas y volvieron a la ciudad renunciando a la venganza. Entonces Atenea envió una fina lluvia de olvido sobre Ítaca que hizo desaparecer las ansias de venganza y así, de nuevo, renació la amistad entre todos los itacenses.
Ulises y Penélope vivieron felices en Ítaca el resto de sus días.

© Francisco J. Briz Hidalgo
Todos los textos pertenecen al libro «Mitología para niños» de Francisco J. Briz Hidalgo que tiene los derechos de autor reservados y no pueden ser reproducidos, ni parcial ni totalmente, sin autorización previa de su autor.